Camello impide la derrota del Atlético en su final de ciclo


Sin más historia que el adiós en su estadio del emblemático Pedro López y los confirmados últimos servicios de Juanfran, Godín, Griezmann como rojiblancos, Levante y Atlético echaron el cierre de la temporada agarrados a sus dinámicas finales. Los locales, crecidos, con la salvación ya en la mano, jugaron sueltos de inicio y tuvieron el duelo en la mano amparados en su portero Koke y en su contundencia para castigar los errores defensivos de su rival. Con dos goles a favor no pudieron resistir el empuje del Atlético en la última media hora. Entregaron el empate definitivo, avasallados por la capacidad de competir de los rojiblancos, incluso con un jugador menos.

Los dos goles del Levante mostraron que el equipo de Simeone ya no es aquella roca fiable. El cuarto trofeo Zamora de Oblak, ausente para esta cita, tiene más que ver con su volumen de paradas imposibles que en la solidez defensiva. Los tantos escenificaron esa debilidad que tanta factura le ha pasado en momentos puntuales y cruciales del curso. El tanto de Cabaco llegó de un córner primero mal despejado y después mal defendido. Correa peinó la pelota hacia atrás y en el segundo palo Vezo pudo ejecutar una dejada con comodidad que la remachó Cabaco con la espuela. Ni Godín ni Adán se enteraron de la maniobra.

Con el gol en contra, el Atlético tuvo un ataque de orgullo. Fue el momento de Koke. Media docena de paradas de mérito le erigieron en un muro insalvable. Lema, Correa, y Griezmann, que escuchó pitos de la hinchada rojiblanca presente, le exigieron por arriba, y por abajo. Fue un cuarto de hora de asedio rojiblanco, que se diluyó cuando comenzaron a asomar las múltiples pérdidas de balón, otra constante del Atlético durante la temporada. Thomas se equivocó al querer jugar un pase atrás con Rodrigo con Roger al acecho. El delantero del Levante no perdonó la desparramada y desesperada salida de Adán.

Con 2-0, el Levante rebajó sus revoluciones cuando entró al campo en el segundo acto. Dejó hacer al Atlético, plano, ya sin Thomas, castigado por su técnico por su inocente pérdida. De revoluciones si pareció estar Correa, que tras una pugna con Chema le propinó una fea patada sin balón. De primeras, el argentino vio amarilla, pero el VAR cazó que la patada fue una agresión en toda regla. Con diez, el Atlético volvió a tener otro ataque de vergüenza. Rodrigo, con un zurdazo, desde fuera del área perforó la escuadra de Koke. Para entonces Simeone había movido el banquillo, sentó a Montero y a Lemar y metió a Mollejo y a Camello. En estos tiempos de renovación en el Atlético, conviene el aire fresco. Si el primero es un futbolista chispeante, Camello mostró las maneras de delantero sigiloso y ladino que rememoran a Raúl. El chico estuvo fino y oportuno en su gol. Recogió el desvió de un disparo de Koke, controló y se sacó un remató suave y esquinado. Simeone celebró el tanto como si le hubiera valido un título. En realidad, ese gol, por encima del juego, reafirmó una de las grandes virtudes de la era Simeone: la rebeldía ante la derrota.

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