Los Juegos del asombro


Dos generaciones y 12 ediciones olímpicas después, los Juegos de México 68 mantienen su incomparable poder de fascinación. Rara vez, quizá nunca, se ha producido una tormenta parecida de récords asombrosos, transformaciones tecnológicas, desgarro político y la dosis de incertidumbre que representaron aquellas dos semanas en la capital mexicana, a casi 2.300 metros de altura, en un año que conmovió al mundo. Lo que allí sucedió se acerca al centímetro a la idea de realismo mágico. Se sucedieron episodios que se antojaban imposibles, con un legado que, lejos de apagarse, se mantiene tan vivo como entonces.

Han pasado 50 años de los récords de Bob Beamon, Jim Hines, Tommie Smith y Lee Evans, de la vibrante irrupción del atletismo africano y de la formidable pugna de la checa Vera Caslavska con las gimnastas soviéticas, pero el tiempo permanece inmóvil con respecto a los acontecimientos políticos que se produjeron en México DF. No es posible desconectar el impacto del Black Power en aquellos Juegos con el actual reguero de protestas en el deporte estadounidense, encabezadas por varias estrellas afroamericanas del calibre de LeBron James, Stephen Curry, Colin Kaepernick y Eric Reid.

El ‘Black Power’ está ligado a las protestas de hoy en Estados Unidos

Apenas nada se ha modificado alrededor del papel del atleta en la sociedad, conscientemente representado en el podio de México por los velocistas Tommie Smith y John Carlos: puño en alto, guantes negros y cabeza humillada durante la escucha del himno de Estados Unidos. Instruidos y alentados en el Black Power (Poder Negro) por Harry Edwards, joven profesor de Sociología en la Universidad de San José State, su demostración ha trascendido el tiempo. El mensaje de Smith y Carlos —apestados después de su protesta, héroes sociales décadas después— rebasó rotundamente el metafórico efecto de las victorias de Jessie Owens enfrente de Hitler, en los Juegos de 1936.

Hace dos años, Colin Kaepernick, quarterback de los San Francisco 49ers, decidió arrodillarse antes de cada partido, durante el himno. Protestaba contra la violencia policial en la comunidad afroamericana y la segregación racial. Su acción mereció una respuesta parecida a la que recibieron Smith y Carlos, despachados de la Villa Olímpica y machacados por los medios de comunicación. A diferencia de 1968, Kaepernick encontró ayuda en buena parte de los atletas negros de los principales deportes profesionales, sobre todo en la NFL y NBA, y en deportistas, entrenadores —Steve Kerr y Gregg Popovich se han significado en su apoyo— y una considerable parte del periodismo.

La contestación, sin embargo, ha sido tan o más radical que la de entonces. El presidente Donald Trump ha tachado de cobardes y antipatriotas a los principales representantes del movimiento de protesta. Se ha asegurado, además, de reducir el papel de los deportistas al de simples entretenedores. La presión de Trump ha alcanzado a los millonarios dirigentes de la NFL, que han prohibido arrodillarse a los jugadores durante la ceremonia de presentación de los partidos.

La relación nada oculta entre estos acontecimientos y los que vertebraron Tommie Smith y John Carlos evoca unos Juegos imperecederos, los más significativos de la historia en muchos aspectos. La aprensión superó a las certezas cuando se designó a la capital mexicana como sede de los Juegos. Desde Estados Unidos se sembraron las tópicas dudas sobre la capacidad de los hispanoamericanos para organizarlos. Las vicisitudes mundiales —Guerra de Vietnam, Mayo francés, Primavera de Praga, invasión soviética de Checoslovaquia, asesinatos de Martin Luther King y Robert Kennedy, insurrección guerrillera en Latinoamérica— situaron los Juegos del 68 en un escenario de enorme incertidumbre, multiplicado por la matanza de Tlatelolco, donde 10 días antes del comienzo de los Juegos fueron asesinados decenas de estudiantes por orden del general Díaz Ordaz, presidente de México. Otro elemento invitaba al pánico: la altitud de la ciudad, situada a 2.240 metros sobre el nivel del mar. Abundaron los pronósticos apocalípticos.

Las sospechas se desvanecieron inmediatamente. Favorecidos por materiales innovadores —por primera vez un estadio olímpico dispuso de pista sintética— y la altitud, los velocistas estadounidenses borraron desde el primer día los récords del mundo de 100, 200 y 400 metros. En todos los casos, lograron marcas que son perfectamente contemporáneas: 9,95 segundos, 19,83s y 43,86s. Ninguna fue más célebre que los 8,90 metros coronados por Bob Beamon en el salto de longitud. Todavía es el segundo salto legal más largo de la historia [Mike Powell saltó 8,95m en 1991], el registro icónico por naturaleza de unos Juegos Olímpicos que también definieron el imparable poder de los fondistas africanos y dejó para la posteridad el extravagante estilo de un flaco saltador estadounidense. Se llamaba Dick Fosbury y saltaba de espaldas a la varilla. Tuvo que suceder en México 68. Ningunos Juegos Olímpicos han amparado mejor lo imprevisto y heterodoxo.

Innovadores y de carácter latino

Altitud. Fueron los primeros Juegos que no se celebraron a nivel del mar. La sede fue Ciudad de México, a 2.240 metros de altitud. Desde entonces la más alta ha sido Múnich, en 1972, con 519 metros.

Finanzas. Los Juegos tuvieron un coste total cercano a los 152 millones de euros: 46 para instalaciones deportivas, 14 para obras urbanas, 14 para la Villa Olímpica Libertador Miguel Hidalgo, 11 para la Villa Olímpica Narciso Mendoza y 66 para gastos del Comité Olímpico.

Recorrido. El trayecto de la antorcha olímpica buscó emular la ruta que Cristóbal Colón siguió durante su primer viaje: desde Atenas (Grecia), pasó por Génova (Italia), Las Palmas (España), San Salvador (Bahamas) hasta Veracruz (México).

Participantes. Compitieron 5.516 deportistas, 4.735 hombres y 781 mujeres, de 112 comités afiliados al COI. La delegación española llevó 128 atletas (solo dos mujeres).

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