Bahamontes el tremendista


En Dunkerque, con motivo de la salida del Tour en 2001, los organizadores montaron una exposición con fotografías del paso de la carrera por la localidad del norte de Francia. En la más grande, en blanco y negro, aparecía Bahamontes, en el andén de la estación, en una imagen de 1960. Vestido con traje, sentado a horcajadas sobre su maleta de madera, cabizbajo, mira algo que tiene entre las manos. El reloj del andén marca las diez y diez. Más o menos a esa hora, salía la tercera etapa. Él ya no estaba. Una de sus espantadas.

Como en 1957, en la octava etapa. “Luis Puig me puso una inyección de calcio y con el dolor no podía agarrar el manillar”, recordaba. Se bajó de la bicicleta y se tumbó, en posición fetal, sobre el mantel a cuadros de una familia que hacía picnic. Llegó Goddet, el director del Tour:

–Sigue, Federico.

– No.

Apareció su fiel gregario Carmelo Morales, que le intentaba levantar.

–Venga, Fede, por el equipo.

– No.

– Por Fermina.

– No.

– Por España.

– No.

– Por Franco.

– No.

Dos años después ganó el Tour. “En Francia me respetaban mucho. Que para eso hice 10 podios. Allí quieren a los suyos, pero también a los que hemos ido allí a trabajar, y eso que los españoles éramos entonces como ahora son aquí los africanos”. Un 18 de julio de los años cuarenta disputó su primera carrera. Salía de trabajar del mercado de Toledo y se encontró con unos amigos. “¿Dónde vais?”. “A la carrera de Educación y Descanso”. “¿Me dejarán apuntarme?”. “Claro”. Y fue, se apuntó, le dieron una camiseta de baloncesto y un pantalón corto, se agenció un plátano (“del que me comí hasta la cáscara”), y ganó su primera carrera. Sin cambios en la bicicleta. En 1959, otro 18 de julio, la pomposa fiesta del Alzamiento Nacional, culminó su sueño en el antiguo velódromo del Parque de los Príncipes. Ese día ganó el Tour. Se había vestido de amarillo en Saint Étienne. “Ese año Anglade y yo estábamos mucho mejor que los franceses; que Bobet, que Anquetil, aunque dijeran que gané porque se pegaban entre ellos”. Era el primer español que vestía de amarillo en París. Español del subdesarrollo, del hambre. “Hacía estraperlo. De harina, de legumbres. Me metí a trabajar en el mercado porque así podía pillar algo para comer”.

Bahamontes fue tremendista. Había que serlo para destacar. Daba espantadas inesperadas. Cuando abandonó el ciclismo, en el Tour de 1965, atacó en el Aspin, y se escondió entre unos arbustos. El pelotón se volvió loco en la persecución de un ciclista que ya no estaba. Ese mes de julio el Tour llegaba a Barcelona, donde ganó Pérez Francés. En 1959 se había armado la mundial. “Me tuvieron tres días en Madrid mientras se preparaba el recibimiento. Llegué tres meses después del Tour porque en aquella época donde se ganaba dinero era en los critériums. A 25.000 pesetas cada carrera”. Toledo lo recibió como a un semidiós. “Fue impresionante. Nunca se me olvidará”.

Puedes seguir Deportes de EL PAÍS en Facebook, Twitter o suscribirte aquí a la Newsletter.


La gloria de Halep, el triple vacío de Serena Williams