Antes y ahora: Los santuarios de los Juegos Olímpicos de México 68


Olimpiadas de 1968, a 50 años | EL PAÍS

Cuando México ganó la candidatura de los Juegos Olímpicos de 1968, ganó América Latina. Fueron los primeros organizados por un país en vías de desarrollo e hispano. Los mexicanos superaron las sedes de Lyon, Detroit e incluso de Buenos Aires. A vista de los demás países había una gran incertidumbre por la organización debido a la nula experiencia, la economía del país y, 10 días antes de la inauguración, ocurrió la matanza de Tlatelolco en el que murieron decenas de estudiantes, según fuentes oficiales, y entre 150 y 200, de acuerdo con un informe desclasificado de la Embajada de Estados Unidos . Pese a eso México sorprendió. El olimpismo cambió a partir de 1968 al convertirse en la primera edición transmitida por televisión satelital y a color, los primeros controles antidopaje. Era lo nunca antes visto. EL PAÍS muestra 10 lugares simbólicos de esos Juegos Olímpicos.


Estadio Olímpico Universitario

El atletismo no volvió a ser el mismo desde México 68. En el estadio, el estadounidense James Hines fue el primero en bajar del cronómetro los 10 segundos en los 100 metros lisos. Su marca fue de 9,95 segundos. Tommie Smith y John Carlos triunfaron en primero y tercer lugar en la prueba de los 200 y culminaron su proeza con el saludo del poder negro en protesta a la discriminación racial. Su compatriota, Bob Beamon se suspendió en el aire durante 93 centésimas y avanzó 8,90 metros en el salto de longitud. Ese récord olímpico nadie lo ha podido batir.


Velódromo Agustín Melgar

Fue uno de los recintos que se construyó en menos de un año. En mayo de 1967 empezaron las labores y lo terminaron un mes antes de los Juegos. Para ese tiempo, la duela era envidiable a nivel internacional. El velódromo mexicano, con capacidad para 6.800 espectadores, fue la cumbre para el ciclismo francés con Daniel Morelon y Pierre Trentin como grandes figuras en las pruebas individuales y por equipo. El lugar, aún decorado con fotografías del 68, está a unos pasos de una estación de metro y está rodeado por dos canchas de pasto sintético. En los últimos años ha surgido la posibilidad de demolerlo para construir un estadio de fútbol.


Alberca Olímpica Francisco Márquez

Es un lugar sagrado para el deporte de México. Allí los mexicanos Felipe Muñoz y María Teresa Ramírez ganaron el oro y el bronce en las pruebas de los 200 metros y el fondo de 800, respectivamente. Además de la plata que conquistó en clavados Álvaro Gaxiola. Fueron las primeras medallas en la natación para su país, un hito magistral. La estadounidense Debbie Meyer convirtió las pruebas de los 200, 400 y 800 metros libres en una gesta al ganarlas todas. 50 años después, el lugar se utiliza para competencias y clases. El buen estado de la alberca y de la fosa de clavados contrasta con el deteriorado tablero.


Palacio de los Deportes

Antes de la música de Joaquín Sabina, Guns N’ Roses y Rihanna, el Palacio de los Deportes se erigió para hospedar las competencias de voleibol, baloncesto, halterofilia y esgrima, de acuerdo con el programa de los Juegos. Los arquitectos Félix Candela, Enrique Castañeda y Antonio Peyri se inspiraron en el diseño de un palacio similar de Roma utilizado en la justa olímpica de 1960. La construcción fue innovadora en cuanto al techo en el cual se empleó una mezcla de maderas repelentes al agua y cobre, eso permitía reflejar la luz del sol en sus primeras décadas. Sobre su duela triunfó, cómo no, el selectivo de Estados Unidos de baloncesto. Ahora es uno de los principales escenarios para la música y para distintas exposiciones en Ciudad de México, aunque de deportes ha dejado de serlo.


Arena México

Una de las principales casas de la lucha libre mexicana fue el escenario para las batallas de boxeo. La disciplina fue especial para los locales después de que cuatro de los suyos ganaran medalla. Ricardo Delgado y Antonio Roldán ganaron el oro, mientras que Agustín Zaragoza y Joaquín Rocha se quedaron con el bronce. El estadounidense George Foreman, aquel rival de Muhammad Ali, también ganó la presea áurea. Francisco Rodríguez, un chico de 23 años, sorprendió sobre el cuadrilátero al colgarse la primera medalla de oro para Venezuela en unos Juegos Olímpicos. El ring de la Arena aún se emplea para las funciones de lucha libre y se ha erigido como uno de los focos turísticos de la capital mexicana.


Pista de hielo de Insurgentes

Las instalaciones de la extinta pista de hielo no hubo deportes invernales. La superficie principal fue tapizada por tablones de manera para albergar las competencias de lucha libre y grecorromana. En ninguna de las categorías pudo lucirse ningún competidor latinoamericano. El lugar fue construido en 1962, un año antes de las elecciones para otorgar la candidatura de los Juegos Olímpicos. La pista de hielo de Revolución fue otro lugar similar que fue adaptado para recibir competencias de voleibol. La pista, con un aforo de 3.386 lugares, fue demolido para construir un centro comercial a inicios de los 2000.


Teatro de los Insurgentes

El lugar destinado a la halterofilia, a la fuerza bruta, tenía en su fachada un mural del artista mexicano Diego Rivera llamado La historia del teatro en México. Ahí representaba el choque entre la clase alta y la baja mediada por Cantinflas, uno de los personajes claves del cine de México. Después de medio siglo, se ha conservado intacto el teatro, uno de los más importantes de Ciudad de México, pero ya sin ninguna función relacionada al deporte. La gloria fue para los halteristas de la extinta Unión Soviética.


Auditorio Nacional

Vera Caslavska esculpió sobre láminas de oro su leyenda como gimnasta en un recinto volcado a los mejores conciertos en México. Los gráciles movimientos de la checa le hicieron subir al podio seis veces. Nadie le superó en la prueba individual, en salto, paralelas ni en el suelo. Ganó plata en la barra y por equipos, en la final por apartados, Caslavska bajó la cabeza, en un gesto apesadumbrado, cuando se entonó el himno de la URSS. Era su sutil forma de protesta en contra de la invasión a su país a unos meses de que iniciaran los Juegos Olímpicos. La checa se ganó a los mexicanos por su rutina cobijada de música de los locales. Años después decidió casarse en la Catedral de México..


Estadio Azteca

El estadio Azteca colecciona las huellas de quien ha pisado su pasto. Su primer gran torneo que acogió fue el torneo de fútbol de los Juegos Olímpicos del 68. Los locales esperaban ver a México en casa tras vencer a España en cuartos de final, pero el anhelo fue cortado por los búlgaros que se clasificaron a la final y la perdieron contra Hungría. A las afueras del campo, se erigen El Sol Rojo, una escultura del estadounidense Alexander Calder. La estructura se mantiene firme en la explanada con tres patas de acero. La figura forma parte de una colección 19 de esculturas que simbolizaron un corredor escultórico de más de 17 kilómetros, fue un gesto de los organizadores para retomar las viejas competencias culturales griegas.


Kiosco turístico

“La gente de las calles le preguntaban a los deportistas de otros países a dónde querían ir. Tomar un taxi era tardado. Entonces, los mismos mexicanos los llevaban a todos lados, ¡hasta a sus casas los invitaban!”, recuerda el nadador mexicano Felipe Muñoz. La iconografía de México 68 fue diseñada por Lance Wyman y empapó a la capital mexicana con esa identidad. A cada deporte se le asignó un icono y un color. El logotipo Mexico68, sin tilde, es la principal referencia del deporte en México.



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